Historias de Amor Ficticias

El amor en Madrid

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La descubrí en plena calle tocando un arpa, con su vestido corto y perfume barato de olor a jazmín.
Eran ya varios los días que pasaba por allí, yo Lorenzo de Azagan, de familia pudiente de la capital de España, jamás hubiese pensado enamorarme en pleno barrio de Móstoles en la calle más escandalosa de los últimos tiempos.
Pasaba por allí a causa de mis estudios, se me había estropeado el coche hacía ya una semana y no quería que mis padres se preocupasen de enviarme con el chofer, con treinta y cinco años me veía lo suficientemente capaz de coger el metro como cualquier vecino y trasladarme en autobús incluso si hacía falta.
Ya se había acabado aquella rama de la aristocracia y no estaba dispuesto a seguir los pasos de mis padres por más dinero que tuviésemos.
Estudiaba arquitectura y bellas artes en una academia de Móstoles, por ello ese largo recorrido a pie.
Cada día la veía, me preguntaba como se llamaría y le ponía nombres sin cesar, cada mueca, cada gesto, cada movimiento en sus manos me inspiraba un bello nombre.
Un día me acerqué lo suficiente y dejando la terrible vergüenza que sentía a un lado, le pregunté su nombre. Luna Adalén , me respondió, por más nombres inventados que se me ocurriesen nunca lo hubiese imaginado.
Luna Adalén, me había cautivado el corazón y sin querer pensar en otra cosa, cada día me pasaba más tiempo charlando con ella, tanto que falté más de un mes a las primeras clases, cuando me daba cuenta de la hora ya me había perdido más de la mitad de la tarde, pero no importaba, pensaba única y exclusivamente en ella y en no perder ni un detalle de su vida.
Había recorrido parte del mundo con su Arpa, desde la muerte trágica de sus padres y con estudios suficientes, se dedicó a vivir su vida lejos de todo y de todos, hacía años que no veía a sus parientes, dormía en alberges y se sentía parte de las pequeñas piedras de un gran mundo.
Me apasionaba su historia, su forma de vida, su falta de obligaciones que en mi vida eran el exceso más absoluto en el día a día.
Un buen día le regalé un vestido de fiesta y le pedí asistir a una cena de gala que celebraban mis padres, tenía claramente en mi cabeza un “NO” por respuesta, pero ella  una vez más me sorprendió con un sí.
Fuimos juntos a la fiesta y sin hablar de su procedencia la presenté a mis padres, no sé que pasó aquella noche pero mis padres quedaron entusiasmados con su presencia, la invitaron a quedar en casa, era la primera vez que yo les presentaba una chica y les había encandilado el corazón.
Al año siguiente nos casamos y de ese amor inesperado nació Dolet, la niña más abierta e increíblemente dulce del mundo, esa princesa a la que le encanta disfrazarse cada día de una bella doncella en un gran castillo o de caperucita  en un cuento inventado por ella misma.

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